bajo el estigma de dionisio eduardo antonio parra

Bajo el estigma de Dionisio – Eduardo Antonio Parra

Edición: Secretaría de Cultura, Los bastardos de la uva, México, 2018, 144 pp.
Precio: $130
ISBN: 9786077459071

Si un poder tiene el alcohol es el de liberarnos de nuestro adormecimiento cotidiano. ¿Quién en una borrachera no ha puesto en claro un resentimiento hasta entonces ignorado o, sintiendo el tequila, el ron o el whisky correr por sus venas, no ha cumplido, sólo así, su deseo más oculto? Sabedores de estos poderes, los griegos rendían culto a Dionisio, dios del vino, la locura y el éxtasis. Bajo tutela de esta deidad es que actúan los protagonistas del nuevo libro del escritor mexicano Eduardo Antonio Parra (León, Guanajuato, 1965): Bajo el estigma de Dionisio. Una antología de nueve cuentos, la mayoría anteriormente publicados, en los que el alcohol, al ser el detonador de las acciones de los personajes, busca erigirse también como un protagonista.

En los cuatro primeros cuentos, además del motivo del alcohol, destaca el juego de espejos a partir del cual están construidos los personajes, lo cual le otorga una admirable cohesión a la mitad inicial de la antología si se toma en cuenta que estos relatos no fueron concebidos para formar parte del mismo libro. Se trata de un desdoblamiento de los protagonistas en sus antagonistas, que actúa a través de un reconocimiento en el otro, ya sea por identificación o por oposición. Recurso que le permite a Parra complejizar a sus personajes y mostrar lo relativo de conceptos como el éxito y el fracaso o la valentía y la cobardía.

Así, en “Intimidad”, el cuento con el que abre la colección, un arquitecto joven y exitoso se reúne en una cantina con el periodista viejo y aparentemente fracasado amante de su esposa: “Es mi antítesis, o ya la de él”, piensa este último. Y sin embargo sus diferencias no impiden que surja entre ellos una especie de camaradería, al cabo comparten mujer y ésta bien puede estarle viendo la cara a los dos: “Ahí estábamos”, describe el periodista y narrador de la historia, “como un par de amigos íntimos confiándose sus cuitas de amor”.

Los protagonistas de “El cazador”, en el que un detective de Estados Unidos le sigue los pasos de burdel en burdel a un mexicano que asesinó a un gringo, también comparten más cosas de las que quisieran. Perseguidor y perseguido fuman los mismos cigarros y son amantes de la misma prostituta. El primero, de hecho, sabe que la única manera de encontrar al segundo es “empalmando su personalidad a la de él hasta confundirse, hasta reconocerse en Joel Villaseñor”. La correspondencia entre ambos llega al punto de que terminan cargando con la misma culpa, como se revela en el soberbio final. Este cuento, el más largo del libro, está escrito, además, con varios recursos narrativos: hay una voz que alterna la focalización en uno y otro protagonista, así como monólogo interior.

“La condena” narra el encuentro en un cuarto de hotel, mediado por no pocos vasos de whisky, entre un decano de la publicidad y una joven admiradora de su trabajo. Igualmente aquí, el veterano publicista se reconoce en la muchacha que lo ha seducido, pues le recuerda su propio pasado como seductor: “Había jugado el mismo juego innumerables veces a la edad de Emma, exhibiéndose en los congresos frente a las mujeres de éxito. Se había cohibido ante las habitaciones de lujo y ante la personalidad de aquellas mujeres maduras, acostumbradas a la admiración y el halago constante. Emma lo miró y Andrés sintió una verdadera corriente de empatía entre los dos por primera ocasión en la noche”.

En “La vida real”, un reportero de nota roja sacudido por el asesinato de una pareja de indigentes alcohólicos y drogadictos, a los que antes había fotografiado para dar a conocer su historia de amor, decide dar la noticia de su muerte de una manera diferente. Entre otras cosas, al periodista le consterna la imagen de los vagabundos asesinados porque admiraba el deseo que había entre ellos a pesar de sus andrajos y su inmundicia, el cual le recordaba la pasión extinta entre él y su esposa: “Sintió envidia: él y Remedios tenían mucho de haber perdido el deseo de amarse de ese modo”. “El aura mágica” que envuelve a estos amantes y la admiración que causan entre quienes los conocen recuerda, por cierto, a la sensual pareja que llega a un congal de la frontera en Nadie los vio salir, el relato con el que Parra ganó el Premio de Cuento Juan Rulfo en el año 2000.

La elegante y misteriosa mujer que entra en una cantina “para machos” en el quinto cuento del libro, “Nunca había oído la letra”, también guarda cierto parentesco con los protagonistas de Nadie los vio salir. Poner a personajes en espacios y ambientes en los que parecen fuera de lugar es un recurso, como se ve, común en Parra.

En “El laberinto”, un hombre huye después de haber matado a machetazos, ebrio de mezcal, a su esposa y a su amante en la oscuridad del corral de su casa. Este relato guarda cierta relación con “Intimidad” en cuanto al tema de la infidelidad, si bien son reacciones muy distintas las de los esposos engañados. No obstante, es realmente con “El cazador” con el que este cuento tiene parentesco: en ambos, los protagonistas huyen tras haber cometido un asesinato. Los dos, además, tienen como claro antecedente “El hombre”, cuento de Rulfo incluido en El llano en llamas. Lo cual vuelve aún más interesantes estos relatos, pues Parra logra actualizar la historia en su propio universo narrativo.

El protagonista de “El placer de morir” es un cazador de otro tipo: un cazador de placeres. Después de haber probado de todo, este hedonista que ha hallado en el sexo, el alcohol y las drogas la razón de su vida, desea experimentar el placer escondido en el acto de morir a manos de su amante. Como en “El cazador” y “El laberinto”, Parra le da una vuelta a todo el cuento con un desenlace inesperado.

Ya al final se encuentran “El despertar de la calle” y “Cuatro sombras enanas”, antepenúltimo y último cuentos del libro que si bien pueden leerse el uno sin el otro, son las dos caras de una misma historia narrada desde diferentes perspectivas. En el primero, una niña cuya madre es alcohólica le explica a su hermano por qué no deben esperar a Santa Clause y sí a los Reyes Magos; mientras que en el segundo, el abusivo Santa Clause al que la niña había pedido juguetes despierta de una borrachera. Tal vez porque aborda el manido tema de los niños pobres y abandonados que se quedan sin juguetes en Navidad, “El despertar de la calle” adolece de cierto tono que parece buscar conmover al lector de manera fácil.

Bajo el estigma de Dionisio es, en suma, una antología en la que el alcohol, cuando es más que un elemento para ambientar una historia, les permite a los protagonistas verse tal cual son y sacar a la luz los demonios del miedo, la ira y la humillación que llevan dentro. Asimismo, las correspondencias que se advierten en la construcción de varios personajes y en algunos de los cuentos contribuyen a dar unidad a la colección.

El lenguaje directo, el dominio de la tensión narrativa, así como el crudo retrato de la violencia que caracterizan la obra de Parra pueden apreciarse en esta selección de 140 páginas. No así el tema de la frontera y el apego o desapego al lugar de origen, presente en casi todos los libros del autor, como se advierte desde títulos como Tierra de nadie (1999) y Desterrados (2013); si bien, algunos de estos relatos están ubicados en esa árida franja de tierra que divide a México de Estados Unidos. En esta ausencia, sin embargo, radica la gran virtud de la antología, dado que permite leer los cuentos de Parra desde otra perspectiva. El lector que acepte esta invitación disfrutará emocionado al filo casi de cada página. No por nada Parra es uno de los mejores cuentistas de la literatura mexicana reciente. ¡Salud!

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.