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La mujer singular y la ciudad – Vivian Gornick

Título original: The Odd Woman and the City: A Memoir
Año de publicación: 2015
Edición: Sexto Piso, Universidad Autónoma de Sinaloa, México, 2018, traducción de Raquel Vicedo, 135 páginas
Precio: $225

“Siempre he vivido en Nueva York, pero durante buena parte de mi vida suspiré por ella igual que alguien de una ciudad de provincia anhela vivir en la capital. Crecer en el Bronx fue como crecer en un pueblo. Desde mi primera adolescencia, sabía que había un centro-del-mundo y que yo estaba muy lejos de él. Al mismo tiempo, sabía también que se encontraba a la distancia de un simple viaje en metro en dirección sur, en Manhattan” (p. 14).

Dice esto la escritora y periodista neoyorkina Vivian Gornick (1935). La mujer singular y la ciudad es su segundo libro de memorias. El primero fue el exitoso Apegos feroces (2017), una poderosa narración centrada en la compleja relación con su madre, considerado el Mejor Libro del Año por el Gremio de Libreros de Madrid.

En La mujer singular y la ciudad es su relación con su amigo Leonard la que sirve a Gornick como hilo conductor de sus memorias: “él es gay, yo soy la mujer singular”. Si bien, son varios los ejes temáticos de este excepcional relato autobiográfico: la amistad, la ciudad y el hecho de ser una “mujer singular”, es decir, una feminista que dejó de creer en el cuento del príncipe azul, aunque no de disfrutar del sexo y el amor, que decidió no tener hijos y que halló en sus amigos, su trabajo y su ciudad natal las claves de su existencia.

“Si bien la maternidad y el matrimonio nunca me habían interesado, (…) siempre pensé que algún día vendría a buscarme el Príncipe Apasionado y, cuando lo hiciera, la vida adoptaría su forma definitiva: definitiva era la palabra clave. En efecto, aparecieron unos cuantos que parecían ser el PA, pero de definitivo, nada. Antes de los treinta y cinco me había acostado con tantos hombres como cualquiera de mis amigas, y también me había casado, y divorciado, dos veces. Cada matrimonio había durado dos años y medio y en los dos una mujer que no conocía (yo) se había casado con un hombre que tampoco conocía (el muñequito del pastel de bodas). (p. 26).

Construido como un collage, este segundo volumen de memorias de la autora estadounidense mezcla anécdotas personales –sus encuentros con su madre, amigos, vecinos, parejas, extraños con los que se topa en la calle– con constantes referencias a otros escritores y escritoras, que, como ella, han estado obsesionados con Nueva York, tenido amistades que marcaron sus vidas o buscado incansablemente su independencia. Voces, muchas voces, es lo que hay en este libro que conjuga de manera extraordinaria la vitalidad con la erudición. El estilo reflexivo, por cierto, recuerda por momentos al de una autora contemporánea de Gornick: la británica Margaret Drabble, particularmente al de su novela Llega la negra crecida.

La ciudad que hace soportable la soledad: “Cuando sentía que cada vez estaba más fuera de lugar, no había nada que aliviara mejor el dolor y el resquemor que un paseo por la ciudad”. La ciudad como fuente de información que permite “hacer tuya la tierra que pisas”. Esa es la ciudad de Vivian Gornick. De ahí que el acto de caminar cobre tanta relevancia para ella: “necesita sentir el asfalto bajo los pies”; ser, como decía Baudelaire, una flâneur, “la persona que pasea sin rumbo por las calles de las grandes ciudades en deliberado contraste con la actividad apresurada y decidida de la multitud” (p. 68). Si bien, Gornick también disfruta de la conversación: “Además del sexo, la forma de conexión más vital que existe es la conversación” (p. 79), dice en una parte de este libro con muchísimas frases dignas de subrayarse.

Después de haber escrito Apegos feroces, Gornick no la tenía fácil. Pero en La mujer singular y la ciudad lo ha vuelto a hacer: nos ha entregado un libro inteligente, entrañable, salpicado de humor, que lleva la cotidianidad a un nivel literario admirable.

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