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Locura y otras realidades en los cuentos de Amparo Dávila

Hace poco más de tres años, leí los Cuentos reunidos de Amparo Dávila, un volumen editado por el Fondo de Cultura Económica en 2009 difícil de encontrar hoy en librerías. Esto es lo que escribí (con una actualización) entonces.

Amparo Dávila (Pinos, Zacatecas, 1928) es una escritora de culto, por fortuna cada vez más reconocida, que eligió el cuento y la poesía como medios de expresión. Ubicada como autora del género fantástico, trabajó con el escritor mexicano Alfonso Reyes e intercambió cartas con  Julio Cortázar, un entusiasta de su obra. Dávila fue becaria del Centro Mexicano de Escritores en 1966 y ganó el Premio Xavier Villaurrutia por su segundo libro de narrativa breve en 1977. Actualmente, dos premios de cuento llevan su nombre. Además, el gobierno mexicano reconoció su trayectoria con el otorgamiento de la Medalla Bellas Artes en 2015.

Sus cuentos se hallan repartidos en cuatro libros: Tiempo destrozado (1959), Música concreta (1964), Árboles petrificados (1977) y Con los ojos abiertos (2008), aparecido por primera vez y tras más de 30 años sin que Dávila publicara en el libro Cuentos reunidos, editado por el Fondo de Cultura Económica en 2009. En ellos, entre muchas otras cosas, Dávila explora la locura y el desdoblamiento de otras realidades. Vivir situaciones difíciles, como la imposibilidad amorosa o la infidelidad (“La quinta de las celosías” y “Música concreta”, por ejemplo) es lo que lleva a sus protagonistas a perder la razón. Pero también sus trastornos emocionales suelen ser resultado de sus existencias ordinarias.

Los protagonistas de la escritora zacatecana son seres comunes y corrientes que podríamos encontrar en nuestras familias o ser nosotros mismos: amas de casa y empleados de vidas ordenadas y rutinas definidas, de relaciones parcas con el marido o cercanísimas con los hijos o los hermanos. Seres en los que un día algo, a veces sin razón aparente, se quiebra para trasladarlos a un mundo habitado por entes informes, siniestros; a un mundo en el que son capaces de cometer crímenes premeditados o al que huyen en una carrera cuesta abajo. “La señorita Julia”, “El espejo”, “Detrás de la reja” y “El último verano”, entre ellos.

Amparo Dávila
Foto: INBA

La propia Dávila considera –y ésta puede ser una clave para comprender al menos la superficie de su obra– que “entre la cordura y la locura existe un hilo tan fino, tan sutil, que en un momento dado se rompe (…) La gente que es muy controlada es la que tiene mayor tendencia al desequilibrio (…). Sobre todo cuando una gente empieza a obsesionarse por algo, la obsesión también lleva al desencadenamiento” (entrevista con la académica Patricia Rosas Lopátegui).

Así ocurre, por ejemplo, a Arthur Smith en un cuento con un título homónimo donde el protagonista, antes de retornar a su mente infantil, trastoca la rutina que le daba equilibrio a su vida:

“Mrs. Smith le sirvió la taza de café acabado de hacer, que él acostumbraba beber mientras leía el Financial Times. Esa mañana Arthur Smith retiró la taza de café, sin probarlo siquiera, y dijo a su mujer que quería algo de fruta. (…) Tampoco leyó el Financial Times y sí se puso a ojear, muy entretenido, una revista de cómics que su hijo Jerry había dejado en la cocina”.

Ese rompimiento del que habla Amparo es el clímax de la mayoría de sus cuentos. Las razones que conducen a él son diferentes y sus manifestaciones diversas. Esta constante, sin embargo, va haciendo previsibles y repetitivos algunos de sus cuentos. La historia de “Estela Peña”, por ejemplo, remite inevitablemente a la de la también ingenua y soñadora “Tina Reyes”. Incluso los desenlaces son similares. Pese a ello, nadie como Dávila para narrar ese instante en que ese hilo delgado se rompe.

Árboles petrificados Amparo Dávila
Nitro/Press lanzó en 2016 una edición conmemorativa de “Árboles petrificados” que pronto espero (re)leer.

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