biblioteca vasconcelos

Mi experiencia como usuaria de la Biblioteca Vasconcelos

Saqué mi credencial de la Biblioteca Vasconcelos hace 10 años, si bien fue hasta hace cuatro que me convertí en una usuaria activa. Estaba desempleada. Por lo que no podía darme el lujo de comprar libros, aunque sí tenía mucho tiempo para leer. Fue durante ese periodo que descubrí las virtudes de una biblioteca pública y el consuelo que, en situaciones desesperadas, pueden traer los libros. Poder llevarme tres ejemplares a casa hasta por tres semanas sin gastar más que en los boletos de metro me parecía entonces –y me sigue pareciendo– una maravilla.

Incluso teniendo trabajo no dejé de ir a la “biblio”. Porque aun así no siempre puedo comprar todos los libros que quiero y porque creo que es una manera de liberarme de mi afán consumista y de mi obsesión de propiedad. Me encanta comprar libros y, sabiendo que son míos, poder subrayarlos y anotarlos, pero el hecho de que un solo ejemplar pueda ser leído por más de una persona me parece de lo más valioso por lo comunitario que hay en ello.

Ahora que estudio un posgrado en literatura, tengo una razón más para visitar la Vasconcelos. Ahí he encontrado varios libros que ya no se consiguen en otro lado. Aunque, por supuesto, no es una biblioteca en la que pueda encontrarse todo. A veces me ha decepcionado que algunos libros, de ediciones recientes, se encuentren en el catálogo pero no estén todavía físicamente en el estante. O que algún título importante o escrito en otro idioma no esté siquiera en el catálogo. No obstante, han sido muchos más los hallazgos que las desilusiones.

Varios de los libros que he comentado en este blog los he pedido prestados en la Vasconcelos, por lo que mi gratitud hacia esta biblioteca no deja de crecer. Una muerte muy dulce, de Simone de Beauvoir, por ejemplo, no lo encontré en librerías (en las de viejo no busqué), sólo aquí. Si bien tuve que esperar varias semanas porque otro usuario estaba leyendo el único ejemplar, oloroso y manchado por la humedad, con que cuenta la biblioteca. Una vez que lo tuve en mis manos, sentí una gran satisfacción y, después de leerlo, supe que la espera había valido la pena.

Como usuaria, también he asistido a un círculo de lecturas feministas y he utilizado las computadoras con Internet disponibles en la planta baja y el piso siete. Sé también que numerosas actividades, que tienen que ver con la literatura pero también con otras artes, se llevan a cabo en la biblioteca. Me ha tocado ver cómo el Día del Niño las instalaciones se convierten en el patio de una fiesta. Y he observado a adolescentes ensayando coreografías escolares en las salas exteriores. Incluso, me ha llamado la atención que niños y adultos se toman selfies con el esqueleto de la ballena gris (la Mátrix Móvil de Gabriel Orozco) colocada en la planta baja. Es decir, he visto vida y movimiento en ese recinto público.

ballena gabriel orozco biblioteca vasconcelos

A lo largo de estos años, he aprendido a perderme por los pasillos (perdón por el lugar común) de esta biblioteca para dejarme sorprender con lo que hay en ella. Si antes llegaba con una lista de los libros que sacaría, ahora me gusta recorrer el área de literatura y llevarme a casa el título que más se me antoja en ese momento, dejarme llevar. Lo que sí no ha cambiado es el vértigo que experimento cuando camino por los pasillos debido a que el moderno diseño por momentos da la impresión de carecer de barandales.

Quise escribir esto porque la Vasconcelos es un lugar al que le tengo cariño y porque creo que el servicio que ofrece una biblioteca pública es uno de los más nobles a los que un ciudadano puede acceder.

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