oh hermoso mundo sergio galindo

¡Oh, hermoso mundo! – Sergio Galindo

Año de publicación: 1975
Edición: Fondo de Cultura Económica, segunda edición, México, 2012, pp. 157.
Precio: $84 (ePub)
ISBN: 9786071626547

“No estoy todavía familiarizado con este mundo que me parece bueno. ¿Qué haría en otro?”, dice una de las frases resaltadas en cursivas en el cuento “Oh, hermoso mundo”, que da título al segundo libro de narrativa breve del escritor veracruzano Sergio Galindo (1926-1993). La idea de “mundo” como espacio pero también como tiempo que se habitan está presente en los siete cuentos que conforman el volumen, publicado en 1975. Aunque los personajes no se mueven en un solo orbe: están divididos entre un país y otro, entre el pasado y el presente, entre eso que llamamos realidad y el sueño o la pesadilla.

La frase citada corresponde a unos versos de Rilke, que Galindo introduce en “Oh, hermoso mundo” junto con versos de García Lorca y de Miguel Hernández. El autor no aclara a quién pertenecen esas frases, sólo las pone en cursivas, en medio de la narración. Funcionan como intertexto, pero también como un recurso para describir y ahondar en la angustia y el caos que experimenta el protagonista, de nombre Adán: un hombre que un día despierta en una cárcel y, como en una pesadilla kafkiana, no sabe ni cómo ni por qué está ahí. Recuerdos tormentosos, sueños inquietantes y una realidad asfixiante se mezclan en este cuento cuyo personaje principal, llamado significativamente como el primer hombre creado por Dios, no es más que un prisionero de este mundo.

Entre otros dos universos, el de los vivos y el de los muertos, es que se debate el protagonista de “Carta de un sobrino”, quien escribe una misiva a su tía muerta en la que se queja de la complicada relación que tiene con su esposa y relata, no sin sorna, los problemas todavía no resueltos con su madre fallecida.

La protagonista de “Retrato de Anabella”, una cantante de ópera italiana radicada en México, habita entre dos tiempos: el pasado, en el que fue joven, bella y exitosa, y el presente con su inevitable decrepitud. El sexo y el amor, sin embargo, parecen eternizar su belleza, concentrada en sus ojos, de la que da fe una fotografía que regala a su sobrina, en un guiño de Galindo a El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde.

Para la vieja institutriz irlandesa de “Los tres compases”, el mundo ya no vuelve a ser el mismo después de perder en México al amor de su vida: “Es que… sin lugar a dudas el mundo para mí se acabó allá por… 1934…”, confiesa, en el bar que le da título al cuento, refiriéndose al hecho trágico que marcó para siempre su existencia y que a Galindo le sirve para introducir una historia secundaria dentro de la principal que narra el cuento. Un planeta triste y desabrido es en el que reside este personaje, incapaz de volver a amar, desde entonces.

El bibliotecario cincuentón de “Me esperan en Egipto”, por su parte, alterna su rutinaria y ordenada vida con la ensoñación que le producen los libros, la inquietud que le provocan las noticias nacionales e internacionales y el deseo de conocer efectivamente el mundo por medio de un largo viaje a Europa, tantas veces postergado y que por fin se apresta a realizar. Entre los muchos titulares de noticias, puestos en cursivas, que irrumpen a lo largo de la narración, puede leerse este pasaje que da cuenta de ese estar entre dos mundos del protagonista: “A veces, al caminar rumbo a su apartamento –el viento frío entumeciéndole el cuerpo–, se olvidaba de la realidad y retornaba, como un náufrago, a Galdós, o a Dostoyevsky. Pero terca, la realidad lo regresaba a esta gris incertidumbre, que cabalga en el smog que cubre, como mortaja premonitoria, a esta ciudad” (p. 134).

En todos los cuentos, cuya acción suele desarrollarse en ciudades extranjeras para los protagonistas, es posible ubicar ese estado fronterizo en que los personajes habitan, con sus miedos, frustraciones y soledades, pero también con sus sueños e ilusiones, que se presentan como un resquicio de ese “infierno”, esa “tumba” o esa “cloaca” que es el mundo, según lo describe uno de los personajes. Galindo conjuga, así, el desencanto con la búsqueda del amor y del placer, particularmente el producido por el sexo y el alcohol. “Yo vine al mundo a ser feliz y a hacer feliz a quien esté conmigo”, dice en alguna parte la hedonista y eterna Anabella. Palabras que, después de todo, no deberíamos echar en saco roto.

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