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Reseña | “El lugar”, de Mario Levrero

Cuando se piensa en escritores de ciencia ficción, por lo general, vienen a la mente nombres de autores estadounidenses o británicos como George Orwell, Ray Bradbury y Aldos Huxley. Sin embargo, también la literatura escrita en español cuenta con notables representantes del género. Uno de ellos es el uruguayo Mario Levrero (Montevideo, 1940-2004), quien escribió desde el cono sur una literatura que nada tenía que ver, por ejemplo, con la de los autores latinoamericanos del boom. Fue un autor raro, como observó en su momento el crítico uruguayo Ángel Rama, cuya obra también hace eco del género policial, de cierto surrealismo y de autores como Franz Kafka. Su singularidad está presente también en su biografía, pues además de escribir cuentos, novelas y ensayos, ejerció múltiples oficios; entre ellos, los de guionista de cómics y creador de crucigramas. Su vida fue tan multifacética que no sólo utilizó numerosos seudónimos para sus distintas actividades, sino que en algún momento dividió su nombre en dos: utilizaba Mario Levrero para el escritor y Jorge Verlotta para el ciudadano.

En El lugar (1982), su tercera novela, Levrero mezcla fantasía con el mundo de los sueños y una atmósfera asfixiante al estilo de las pesadillas kafkianas. La historia es protagonizada y narrada por un hombre que un día despierta en un lugar desconocido del que no puede salir. Una serie de habitaciones de las que sólo es posible avanzar en una dirección, una carpa instalada en medio de una selva en la que viven varios hombres y mujeres tan desconcertados como el personaje principal, son algunas de las vistas que integran el lugar. Levrero describe con precisión los espacios así como el ambiente claustrofóbico en los que ubica a su protagonista, si bien el detalle no basta para aclarar qué es ese lugar.

A partir de estos elementos, Levrero construye una novela corta, incluida junto con La ciudad y París en la Trilogía involuntaria (2008), donde la intriga se mantiene hasta el final. ¿Dónde está? ¿Cómo llegó ahí? ¿Cómo puede salir de ahí? ¿Para qué?, son las preguntas que el personaje, cuyo nombre desconocemos, se hace de la mano del lector a lo largo de su recorrido por el ignoto sitio. Interrogantes que dotan de un matiz filosófico a la novela, pues plantea el tema del sentido de la existencia en un mundo en el que, sea cual sea, no deja de ser desconocido. “¿Pero en qué mides lo desconocido de este lugar, en relación al que dejaste? ¿Cuánto más extraños somos para ti los que ahora te rodeamos, que aquellos que te rodean en tu ciudad?”, cuestiona al protagonista el Francés al que conoce en la selva, y en cuya boca Levrero pone una reflexión, tipo las que presenta al final de la novela, a la que tal vez el lector debía llegar sin necesidad de que se la hiciera explícita, en la única cosa que se le podría reprochar al autor.

La angustia, el miedo, la impotencia y la depresión que experimenta el protagonista son resultado no sólo de encontrarse en un lugar extraño, sino producto de toda una vida “vacía y sin sentido; (con) apenas pequeños brillos, muy aislados entre sí, que no lograban rescatar todo un pasado lamentable”. Una vida infeliz por la que acaso se siente culpable y se ve a sí mismo en sueños como el acusado de un juicio del que no sabe bien de qué se le culpa, como le sucede al Josef K. de El proceso de Kafka. El lugar es una cárcel, una pesadilla, como lo es la propia existencia del protagonista, un ser que se siente ajeno a todo y a todos, que no pertenece a ningún sitio: “El extraño soy yo”.

*Leído en la edición de Plaza & Janés Editores, Barcelona, 2000; actualmente descatalogada.

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