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Reseña | “Roza tumba quema”, de Claudia Hernández

Edición: Sexto Piso, España, 2018, 271 pp.; publicado originalmente por Laguna Libros, Colombia, 2017
Precio: $300
ISBN: 978-84-16677-81-8

“El viaje a ese otro país ni es capricho ni es el sueño de toda su vida. Si insiste en hacerlo y en buscar los medios es para poder ver a su hija. Lleva años en su búsqueda. Nunca ha cejado. No entiende que una madre pueda hacerlo o que pueda no lanzarse a encontrarla…” (p. 15).

Roza tumba quema es la primera novela de la escritora salvadoreña Claudia Hernández (San Salvador, 1975), que antes había publicado varios libros de cuentos. A partir de la historia de una ex combatiente que busca reunirse con su hija perdida durante la guerrilla, Hernández cuenta en este libro la historia reciente de su país, cuya guerra civil duró más de 12 años, de 1979 a 1992, y dejó más de 75 mil muertos, en su mayoría civiles.

El relato, cuyo título alude a una vieja técnica de agricultura itinerante, se inicia cuando la protagonista debe conseguir dinero para viajar a París y poder reencontrarse con la primera de sus cinco hijas. Paralelamente, la narración va volviendo atrás, a lo que fue la vida de esta mujer antes y durante la guerra. Así conocemos hechos cruciales de su existencia, como el día en que su padre, cuando ella tenía sólo trece años, le enseñó a armar y a desarmar una pistola y a disparar:

“Cuando preguntó por qué, su papá le respondió que había cosas que debía saber. Cuando preguntó para qué debía saber eso, dijo que porque habría un momento en que tendrían que irse, dejar su casa, irse al monte y aguantar hambre, sueño y frío. Cuando preguntó por qué deberían hacer eso, le contestó que porque, para algunos, la vida era sólo esperar a que la vida pasara, pero que ellos no podían darse ese lujo” (p. 20).

Pero el combate desde el monte es sólo una de las batallas que esta mujer, reclutada contra su voluntad por la guerrilla cuando era una adolescente, debe librar a lo largo de su vida. La búsqueda de su primogénita y la protección de sus otras cuatro hijas, habitantes de un país en el que oficialmente la guerra ha terminado pero en el que la pobreza, la violencia y la desconfianza hacia el otro siguen siendo el pan de cada día, son las otras batallas que da con toda la fortaleza y la dignidad de la que es capaz. En este sentido, la imagen de portada, un cuadro titulado Ternura del artista ecuatoriano Oswaldo Guayasamín, en el que una mujer con los ojos cerrados abraza a otra que como ella está en los huesos, resulta particularmente atinada.

La madre de la protagonista y sus hijas también enfrentan sus propias luchas. La primera vio partir al monte a su esposo y a sus hijos para combatir al ejército desde ahí. Las niñas, por su parte, deben abrirse paso en una sociedad en reconstrucción, marcada por un conflicto bélico del mismo modo que el cuerpo de su madre lo está de cicatrices. Representantes de tres generaciones de mujeres, las protagonistas de Hernández poseen un gran sentido de la justicia y están llenas de coraje. A partir de ellas, cuyos nombres, así como los de los lugares donde se desarrollan los hechos a excepción de París, nunca conoce el lector, la autora crea un poderoso universo femenino y escribe una historia de alcance universal, que podría ser la de cualquier mujer que haya vivido una guerra.

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