Reseña | “Sin blanca en París y Londres”, de George Orwell

George Orwell (Motihari, 1903-Londres, 1950) es un autor que no deja de sorprenderme. No sólo escribió esos clásicos de la ciencia ficción que son Rebelión en la granja (1945) y 1984 (1949), también fue un notable periodista que en su primer libro narró la pobreza que vivió en París y Londres en el período de entreguerras. Si en sus libros más famosos el escritor británico crea mundos distópicos a partir de la imaginación fantástica, en Sin blanca en París y Londres (1933) toma como materia prima la realidad: la lucha por la subsistencia que él, antes de ser un escritor reconocido, y otros enfrentan día a día. A medio camino entre la crónica, el reportaje y el relato autobiográfico, este libro narra la miseria desde adentro, lo que en su momento le permitió a Orwell romper varios prejuicios en torno a ella.

Lo interesante de Sin blanca en París y Londres comienza desde la disposición del autor a contar su propia pobreza, aquella que vivió cuando estuvo desempleado, trabajó como lavaplatos e incluso fue vagabundo. En un ejercicio que hoy podría considerarse periodismo gonzo, Orwell escribe en primera persona sobre lo que es estar sin un peso en la bolsa y paralelamente va dando voz a una variopinta serie de personajes. De manera que su libro puede describirse como una sucesión de historias atravesadas por el hambre, el desempleo, la explotación laboral y la carencia de un techo.

La vitalidad que se desprende del relato del escritor británico se debe en buena parte a sus personajes: hombres y mujeres que, en su búsqueda del pan, siempre están en acción, y cuyas vidas resultan interesantes para el lector debido a que sobreviven de un modo insólito y fortuito desde la marginación. Orwell los retrata no desde la superioridad moral o intelectual pretendida del artista, ni desde la conmiseración, sino desde quien conoce de primera mano aquello de lo que habla. Esta posición es la que le permite narrar la miseria sin caer en el melodrama, pues sabe que no todo es oscuro cuando se está sin un céntimo y que es en esos momentos cuando se aprecian mejor los destellos de la amistad y la buena suerte. De hecho, se permite echar mano del humor y la ironía en la primera parte, en la que está en París y hasta los más pobres se las ingenian para tomar vino y vivir en la fiesta.

Orwell llega incluso al extremo de sostener que la pobreza es liberadora. Cuando se queda sin dinero en París, descubre que pese a todo caer en la miseria no es lo peor que pudo haberle ocurrido en el mundo, pues ésta lo libera del miedo que tenía a quedarse sin un centavo y de lo angustiante que resulta pensar en el futuro, ya que lo único que empieza a importarle es satisfacer las necesidades del presente:

“No obstante, no fue tan malo como pensaba, pues, cuando caes en la pobreza, descubres algo que te hace olvidar lo demás: descubres el aburrimiento, las mezquinas complicaciones y el hambre, pero también el rasgo redentor de la pobreza, el hecho de que elimina el futuro. Dentro de ciertos límites, es cierto que cuanto menos dinero tienes, menos te preocupas. Cuando tienes cien francos te asaltan temores sin cuento. Cuando tienes sólo tres todo te es indiferente; con eso tienes hasta el día siguiente y eres incapaz de pensar más allá. Te aburres, pero no tienes miedo” (p. 24).

Preocupados únicamente por sobrevivir, sus personajes también se han liberado de ideas como de la decencia y la normalidad, como señala el autor. Un ropavejero, un vagabundo, un timador o un cojo no se pueden dar el lujo de ser “gente normal” y, precisamente por su excentricidad, pueden convertirse en personajes atractivos, interesantes, para el lector como Orwell bien supo ver y retratar:

“En el hotel había personajes muy peculiares. Los barrios bajos de París son un imán para los excéntricos: gente que ha caído en uno de esos surcos solitarios y medio desquiciados de la vida y ha renunciado a ser decente o normal. La pobreza los libera de los patrones normales de comportamiento, igual que el dinero libera a la gente del trabajo. Algunos de los huéspedes de nuestro hotel llevaban una vida tan curiosa que desafía cualquier descripción” (p. 11).

Las breves aunque agudas reflexiones sobre la pobreza que Orwell intercala en sus historias también abarcan la explotación de la clase trabajadora, particularmente de los lavaplatos, así como la miseria de aquellos que viven al margen del sistema (aquellos que Marx llamaba el lumpenproletariado) como los vagabundos. De los primeros, que como él llegan a tener jornadas de más de 17 horas, dice: “El plongeur (lavaplatos, en francés) es uno de los esclavos del mundo moderno”. Mientras que a los vagabundos los describe como “las criaturas más dóciles y oprimidas que pueda imaginarse”. Una preocupación por los menos favorecidos que no sólo estuvo presente a lo largo de su obra, sino que también lo llevó a militar en partidos socialistas y obreros.

En alguna parte del libro, Orwell comenta que lo única que desea es que su historia resulte tan entretenida como cualquier otro libro de viajes. Sin duda, lo consigue, aunque además de entretener, Sin blanca en París y Londres logra tirar varios estereotipos en torno a la pobreza.

Edición: Debate, 2015, Barcelona, traducción de Miguel Temprano García, 225 pp.
Título original: Down and Out in Paris and London
Año de publicación: 1933

 

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