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Una mujer de recursos – Elizabeth Forsythe Hailey

Título original: A Woman of Independent Means
Año de publicación: 1978
Edición: Libros del Asteroide, 2015, (trad. Concha Cardeñoso)
Páginas: 328

La escritora estadounidense Elizabeth Forsythe Hailey (Dallas, 1938) crea en Una mujer de recursos (1978), su primera y exitosa novela, una protagonista entrañable basada en la figura de su abuela: Elizabeth Alcott Steed, Bess, una mujer independiente y cariñosa nacida a finales del siglo XIX en un pueblo de Texas, cuya vida nos es develada a través de las cartas que pudo haber escrito desde su infancia hasta su vejez.

Como se nos advierte desde el título, Bess es una mujer de recursos, no sólo económicos (su madre le ha dejado una pequeña herencia), también de carácter, pues enfrenta los convencionalismos de su época, sobre todo aquellos que tienen que ver con la desigualdad entre hombres y mujeres. Es, como sostiene la autora en el prólogo, una mujer “que se libera sin tener que irse de casa”. Así, la vemos casarse y tener hijos muy joven, como solía suceder entonces, pero siempre en busca de un matrimonio entre iguales y con con una conciencia extraordinaria de lo importante que es tener un patrimonio propio para no depender de su marido:

“Desde los primeros meses de matrimonio, he hecho todo lo posible por convencerle de que me considerase un socio de pleno derecho y en igualdad de condiciones, en vez de la indefensa esposa a la que el marido tiene que proteger del mundo exterior” (p. 32).

Son varios sucesos los que dan cuenta de la personalidad a contracorriente de Bess: viaja a Europa embarazada, con sus dos hijos pequeños y sin su marido, lo cual horroriza a sus amigas; aprende a manejar en una época en que casi ninguna mujer lo hacía, y no duda en tomar las riendas de la empresa de su marido en ausencia de éste… Incluso tiene ideas muy adelantadas para su tiempo. Es consciente, por ejemplo, de la tiranía que pueden llegar a representar los hijos para las madres y se muestra a favor de que éstas sean quienes decidan tenerlos. Sus reflexiones y opiniones son tan agudas que muchas frases son dignas de subrayarse.

Pero no todo en la vida de Bess es color de rosa. Su pequeña hija sufre un accidente, su marido cae enfermo, su fortuna corre peligro… Y, lo más doloroso: pierde a varios de sus seres más queridos. Acontecimientos que por supuesto la derrumban, pero de los que logra salir adelante con una fuerza inquebrantable. Como decía al principio, se trata de una mujer admirable.

Un personaje que, más allá de que esté basado en una persona real, sentí verdadero, en el sentido literario del término. Si bien debo decir que por momentos me parecía tan adelantado a su época, tan progresista, que me daba la impresión de que algunas de sus ideas correspondían más bien a las de la autora.

Cartas, telegramas, recados

Resulta interesante el gusto de Bess por escribir cartas. Precisamente en algunas de ellas reflexiona acerca de esa necesidad. Menciona, por ejemplo, que éstas le proporcionan una evasión momentánea que la lleva a la vida de otras personas para volver a la suya con mayor satisfacción. O que al redactar sus vivencias les infunde una fuerza dramática que en realidad no tenían, lo que le da otra dimensión a su existencia. Me gusta mucho esta parte en la que describe cómo se las arregla, teniendo hijos pequeños y siendo esposa y ama de casa, para escribir tantas cartas:

“Con los niños dormidos y la casa en silencio, podía evadirme por completo y sumergirme en mis propios pensamientos. (…) Supongo que por eso escribo la mayoría de las cartas por la noche. Con la pluma en la mano, puedo alargar el final de una conversación cuanto quiera, incluso cuando la otra parte está dormida” (p. 92).

Esta necesidad de tener un momento y un espacio para escribir, así como el hecho de que la protagonista sea una mujer adinerada, me recordó, por cierto, el célebre ensayo de Virginia Woolf Una habitación propia, en el que la escritora inglesa asegura que, para escribir, una mujer necesita dinero y una habitación propia. Seguramente, al escribir Una mujer de recursos, Elizabeth Forsythe Hailey tenía muy presente ese libro.

Además de cartas, la novela incluye telegramas, notas, invitaciones y hasta recibos de pago, todos firmados por Bess. Un ejercicio interesante que, como señala la autora, incita al lector a imaginarse las partes omitidas. Por lo que, sobre todo en las primeras páginas, los cambios que experimenta la protagonista en los saltos temporales que van de una carta a otra pueden parecer abruptos. También al principio es posible quedarse con la sensación de que haría falta conocer las versiones de los destinatarios de toda esa correspondencia: del esposo de Bess, de sus padres, sus amigos y más tarde sus hijos y sus nietos. Pero conforme avanzan las páginas queda claro que basta con el punto de vista de Bess para comprender cabalmente la historia.

La primera carta del libro está fechada en 1899 y la última, en 1968. Por lo que la autora recorre junto con su protagonista gran parte del siglo XX. Así, los grandes acontecimientos históricos y los avances tecnológicos hacen eco en la vida de Bess. La Primera y la Segunda Guerra Mundial, la primera votación de las mujeres en Estados Unidos, la crisis del 29, el asesinato de John F. Kennedy… así como la popularización de inventos como las máquinas de escribir, la televisión y el teléfono dotan de contexto a esta cautivadora novela. En Una mujer de recursos, Elizabeth Forsythe Hailey pinta un retrato de una mujer inolvidable, pero también bosqueja toda una época.

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