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El cuento de otra criada: “Alias Grace”, de Margaret Atwood

Título original: Alias Grace
Año de publicación: 1996
Edición: Salamandra, 2017, Barcelona, España, traducción del inglés de María Antonia Menini Pagès
Páginas: 525
Precio: $450
ISBN: 978-84-9838-817-6

El cuento de la criada (1984) es tal vez el libro más conocido de la escritora canadiense Margaret Atwood (Ottawa, 1939). Trata de una dictadura teocrática que obliga a las mujeres fértiles (criadas) a tener hijos y a entregárselos a los matrimonios de los poderosos. La narración que leemos corresponde al testimonio de una criada llamada Defred; de ahí, el título.Es imposible leer Alias Grace (1996) sin que El cuento de la criada venga a la mente. (De los dos, por cierto, se han realizado adaptaciones televisivas en formato de serie). Aunque se trata de novelas con historias y recursos literarios distintos…, hay en ellas dos elementos que las unen. El primero es la situación de extrema opresión en que se encuentran las protagonistas, ambas criadas. El segundo es la relevancia que, en estas circunstancias, cobra el acto de contar.

Basada en un caso real que conmocionó a la sociedad canadiense en los años de 1840, Alias Grace relata la historia de Grace Marks, una joven de dieciséis años declarada cómplice de los asesinatos de Thomas Kinnear, para quien trabajaba como sirvienta, y de Nancy Montgomery, ama de llaves y amante de Kinnear. Condenada a cadena perpetua, Grace asegura no recordar lo sucedido, mientras su caso divide opiniones: algunos la creen inocente, otros la consideran loca o malvada. Entre los primeros, hay un grupo que promueve su liberación, el cual contrata al doctor Simon Jordan, un joven psiquiatra que a través de entrevistas intentará ayudar a Grace a recuperar la memoria. Es a él a quien la protagonista cuenta su historia.

Tanto en El cuento de la criada como en Alias Grace, las protagonistas están sometidas a una extrema vigilancia. No son libres de actuar y deben tener sumo cuidado tanto con lo que dicen como con aquello que no . Pero hay algo que ni el régimen totalitario en el caso de una, ni el opresivo aparato de justicia (plagado de prejuicios machistas) en el caso de la otra, pueden controlar: sus pensamientos, sus sentimientos, sus sueños y sus deseos. “Ya es bien poco lo que tengo, no tengo pertenencias ni posesiones, no tengo intimidad y necesito guardarme algo para mí” (p. 117), piensa Grace cuando le dice al doctor Jordan que no recuerda su sueño de la noche anterior aunque no sea así. “Mientras no le dijera a nadie lo que pensaba, no tendría que rendirle cuentas a nadie ni nadie tendría que corregirme” (p. 266), piensa más adelante.

La voz de Grace, no obstante las suspicacias que despierta en el doctor Jordan –y por supuesto en el lector–, “es como la de una niñera recitando un cuento muy apreciado y conocido”, una especie de Sherezade (la narradora de Las mil y una noches). Es el cuento de otra criada. Una versión narrada en primera persona a la que Atwood agrega recursos de otro tipo: las cartas del doctor Jordan, versos satíricos sobre el caso publicados en periódicos, declaraciones literales de los acusados… como para advertirnos de las múltiples caras que puede llegar a tener una historia.

El caso de Defred, de El cuento de la criada, es distinto. Ella “registra su historia como buenamente puede; luego la esconde, con la confianza de que, con el paso de los años, la descubra algún ser libre, capaz de entenderla y compartirla. Es un acto de esperanza: toda historia registrada presupone un futuro lector” (p. 18), como señala Atwood en la introducción del libro. Por supuesto, me quedo con esto último. Con la esperanza y el desafío que pueden representar las historias en circunstancias por demás adversas.

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