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La señora Dalloway – Virginia Woolf

Título original: Mrs. Dalloway
Año de publicación: 1925
Edición: Debolsillo, 2016
Páginas: 272

Lo primero que hay que decir de La señora Dalloway (1925) es que se trata de una novela que renovó la narrativa del siglo XX. ¿La razón? Está narrada desde la mente o la conciencia de los personajes. Una técnica –llamada monólogo interior o flujo de conciencia– que permite conocer de primera mano la “vida interior” de los protagonistas: sus pensamientos, recuerdos e impresiones.

Precisamente debido al uso del monólogo interior –también empleado por James Joyce– es que, hasta ahora, había rehuido a la lectura de las novelas de Woolf (Londres, 1882-Lewes, Sussex, 1941). Imaginaba que se trataba de libros “difíciles”. Y, sobre todo, temía que la obra de una escritora de su talla me desagradara.

Por eso me sorprendió tanto que La señora Dalloway fuera una novela tan “legible”. Desde las primeras líneas tuve la sensación de sumergirme en una especie de río. (No se me ocurre otra manera de describirlo).  Era como si las frases largas, la prosa poética y la agitada mente de los personajes formaran una poderosa y, al mismo tiempo, sosegada corriente de la que no quería salir.

Femenina ¿y feminista?

La señora Dalloway es una de esas novelas en la que parece que no pasa mucho: el relato gira en torno a los preparativos de Clarissa Dalloway para la fiesta que ofrecerá esa noche. Son pequeños sucesos los que le ocurren a Clarissa y a la mayoría de los personajes ese día. Como decía al principio, lo importante es lo que acontece en sus mentes.

Como el Ulises de Joyces, la historia ocurre en un solo día: un soleado miércoles de junio de 1923, cuyo devenir es constantemente marcado por las campanadas del Big Ben. La narración es progresiva: va de la mañana a la noche. Aunque, gracias a los recuerdos de los personajes, va volviendo temporalmente atrás. Es la Londres de entreguerras (posterior a la Primera Guerra Mundial y anterior a la Segunda) y se respira un aire de tranquilidad.

Clarissa tiene cincuenta años, está casada con un político y es madre de una adolescente. Es una mujer sensible, atenta, que constantemente reflexiona quién es y qué ha sido de su vida. Su personalidad queda trazada desde las primeras líneas: se dispone a comprar flores, piensa en la diáfana mañana… Es una mujer que busca la gracia, el refinamiento, en todas las cosas. Una dama de sociedad. Una mujer “muy femenina”.

Pero pese a su convencionalidad, es un personaje fascinante. Ha cumplido con todo lo que se esperaba de una mujer de su época: se ha casado, ha tenido hijos y ha logrado una buena posición social y económica. Sin embargo, también se ha sentido atraída por otras mujeres (como la propia Woolf), además de que es escéptica en cuanto a la bondad de Dios. Me gusta mucho la imagen que de ella tiene Peter Walsh, un pretendiente al que rechazó antes de casarse y con el que se reencuentra horas antes de la fiesta, porque me parece que resume muy bien su personalidad:

“Sin embargo, cosa rara, Clarissa era una de las personas más profundamente escépticas que Peter había conocido, y posiblemente (esta era una teoría que Peter utilizaba para explicarse a Clarissa, tan transparente en algunos aspectos, tan inescrutable en otros), posiblemente Clarissa se decía: Si somos una raza condenada, encadenada a un buque que se hunde (de muchacha, sus lecturas favoritas fueron obras de Huxley y Tyndall, a quienes gustaban las metáforas náuticas), como sea que todo no es más que una broma pesada, hagamos lo que podamos; mitiguemos los sufrimientos de nuestros compañeros de prisión (Huxley otra vez); decoremos el calabozo con flores y almohadones; seamos todo lo decentes que podamos. Estos villanos, los Dioses, no se saldrán íntegramente con la suya. Sí, porque Clarissa pensaba que los Dioses, que nunca perdían una oportunidad de dañar, frustrar y estropear el humano vivir, quedaban seriamente chasqueados si, a pesar de todo, una se comportaba como una señora” (p. 104)

Sin embargo, después de leer la novela, me pregunté por qué Woolf, uno de los grandes íconos del feminismo, había escrito de una mujer con tantos atavismos y no de una mujer más emancipada, a nivel social, económico y hasta sexual. Tal vez su crítica –pensé después– se encuentra precisamente en la elaboración de un retrato de una mujer no liberada.

Depresión y guerra

Hay un personaje que tiene casi tanto peso como Clarissa: el joven y ex combatiente Septimus Warren Smith. Para él, que conoció el horror durante la Gran Guerra, ahora sólo existen el miedo y la incapacidad de sentir. Septimus está trastornado: imagina, ve y escucha cosas que no existen en la realidad. Un atormentado estado emocional que inevitablemente remite a las depresiones de la propia Woolf. El escepticismo que muestra Septimus ante los métodos de los psiquiatras era sin duda el mismo que el de la escritora.

Septimus es claramente la antítesis de Clarissa: representa lo contrario del mundo de ésta y sus amigos, protegidos del horror, indiferentes a él, en sus casas suntuosas y sus fiestas elegantes. La tragedia que este joven protagoniza (el único acontecimiento dramático del libro y el cual no quiero adelantar aquí), de hecho, ensombrece, sólo eso, la dicha de Clarissa y sus invitados. Pero la desgracia los ronda, está ahí.

Este poderoso y duro contraste es uno más de los grandes aciertos de La señora Dalloway. Una novela que, ahora que he hecho a un lado mis prejuicios, estoy absolutamente convencida de que tuve que haber leído antes. Ahora tengo pendiente Al faro (1927) y Las olas (1931), en las que Woolf también echa mano del monólogo interior. Me han dicho que son menos inteligibles que La señora Dalloway, pero esta vez no pienso predisponerme.

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