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Las armas secretas – Julio Cortázar

Año de publicación: 1964
Edición: Alfaguara, 2016

Las armas secretas (1964), tercer libro de cuentos de Julio Cortázar (Ixelles, 1914-París, 1984), incluye varios de los cuentos más conocidos y celebrados del escritor argentino. Ubicados todos en París –ciudad donde Cortázar vivió por más de tres décadas–, poseen varias de las marcas temáticas y de estilo del autor: el retrato de la vida bohemia en la Ciudad de la Luz, la mezcla de realidad y fantasía, la experimentación con el lenguaje, así como el empleo de una prosa a ratos poética.

“Cartas de mamá”, el primer cuento del volumen, tiene como protagonista a Luis, un argentino que después de la muerte de su hermano se muda con su esposa a París. Desde Buenos Aires, Luis recibe cartas cada vez más inquietantes de su madre: en las últimas, ésta ha empezado a referirse a Nico, el hermano, como si estuviera vivo. Es un cuento sobre lo escabroso que pueden llegar a ser las relaciones familiares: Luis traicionó a su hermano: por eso la correspondencia de su madre lo perturba tanto. En cuanto a ésta, no queda claro si sus extrañas alusiones a su hijo muerto son producto de la vejez, la locura, inocentes equivocaciones o una forma de castigar a Luis. ¿O es que “en realidad” Nico está vivo? La insípida relación de Luis con su esposa, Laura, también se torna turbia debido al fantasma del hermano fallecido: no hablan de él, pero, paradójicamente al rehuirlo, lo tienen más presente. Si algo queda claro después de leer este cuento es que la distancia es incapaz de dejar atrás el pasado y borrar la culpa.

El segundo cuento se titula “Los buenos servicios”. La protagonista es madame Francinet, una anciana empleada doméstica que recuerda los peculiares servicios que prestó a los Rosay. En una ocasión, por ejemplo, permaneció encerrada en una habitación cuidando a los perros mientras la familia daba una fiesta. A pesar de sus “buenos servicios”, madame Francinet pasa desapercibida para los Rosay y sus amigos, excepto para uno: monsieur Bébé, un famoso y alegre modisto, socio de monsieur Rosay, al que madame Francinet recuerda con especial cariño debido a que fue amable con ella y para el que un día realizó un servicio de lo más singular. La sencillez de madame Francinet contrasta con el lujo y la excentricidad de los Rosay, cuya vida y nebulosas intenciones se nos presentan únicamente a través de lo que la protagonista logra entrever.

En “Las babas del diablo”, la vida del traductor y fotógrafo franco-chileno Roberto Michel resulta profundamente trastocada luego de tomar una fotografía a una pareja conformada por una mujer rubia y un chico. Si bien, ésta es sólo una manera de decirlo, porque en realidad es difícil expresar con precisión de qué va este cuento debido a la intencionada ambigüedad de la narración:

“Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, si en primera persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando continuamente formas que no servirán de nada. Si se pudiera decir: yo vieron subir la luna, o: nos me duele el fondo de los ojos, y sobre todo así: tú la mujer rubia eran las nubes que siguen corriendo delante de mis tus sus nuestros vuestros sus rostros. Qué diablos” (p. 79).

El resultado es un desconcertante ejercicio de superposición de realidades. Una confirmación de la poderosa imaginación de Cortázar y de lo renovador de su pluma por lo menos para las letras latinoamericanas: no por nada es uno de los mayores representantes del boom. Este cuento, uno de los más famosos y experimentales del autor, inspiró por cierto la película Blow-Up del director italiano Michelangelo Antonioni.

Pero si “Las babas del diablo” sobresale por sus innovaciones formales, “El perseguidor” destaca por lo extraordinario de su protagonista. Inspirado en la vida del gran jazzista Charlie Parker, trata de la vida de Johnny Carter, un genio del saxofón adicto al alcohol y a la mariguana que cada que toca su instrumento experimenta el tiempo de un modo distinto: “esto lo estoy tocando mañana” o “esto ya lo toqué mañana”, dice en una parte del cuento. Mientras que en otra –en la que trata de explicar a Bruno, su biógrafo y narrador de la historia, su particular percepción– agrega:

“La música me sacaba del tiempo, aunque no es más que una manera de decirlo. Si quieres saber lo que realmente siento, yo creo que la música me metía en el tiempo. Pero entonces hay que creer que este tiempo no tiene nada que ver con…, bueno, con nosotros, por así decirlo” (p.109).

El tiempo, como lo percibe el delirante Johnny, lo hace intuir la existencia de una realidad superior y rebelarse contra la banalidad de la vida cotidiana. Por lo que es, como se nos advierte desde el título, un perseguidor: “Nadie puede saber qué es lo que persigue Johnny pero es así, está ahí” (p. 151). Un gran personaje al que sólo un melómano como Cortázar, con su gran talento, pudo haber creado.

“Las armas secretas” es el cuento con el que cierra el volumen. Su protagonista es Pierre, un joven cada vez más desesperado por tener sexo con su novia que, en su impaciencia, empieza a experimentar cosas extrañas que lo llevarán a ser violento con ella. Un tema escabroso es el que aborda aquí Cortázar, mezclando una vez más, con gran maestría, realidad y fantasía.

Leer Las armas secretas de Julio Cortázar es, en pocas palabras, una experiencia de la que los amantes de la narrativa breve y el género fantástico no pueden prescindir.

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