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Suite francesa – Irène Némirovsky

Título original: Suite française
Edición: Salamandra, 2005
Páginas: 480

Aunque nació en Kiev, Ucrania, la escritora Irène Némirovsky (1903-1942) vivió en París desde que era una adolescente. Ahí estudió letras en la Universidad Sorbona y publicó varios libros que le dieron prestigio y reconocimiento en Francia; las novelas David Golder (1929) y El malentendido (1930), escritas en francés como el resto de sus obras, se encuentran entre ellos.

Su vida y obra, sin embargo, fueron trágicamente marcadas por la Segunda Guerra Mundial. Escritora de origen judío, tuvo que abandonar París junto con su esposo y sus dos hijas para refugiarse de los nazis en un pueblo del este de Francia llamado Issy-l’Évêque.

Durante su exilio, en los años 1941 y 1942, Irène concibió el que sería su proyecto literario más ambicioso: Suite francesa. Inspirado en los distintos ritmos y tonalidades de la Quinta sinfonía de Beethoven, constaría de cinco novelas que sumarían unas mil páginas. En ellas, partiendo de la realidad pero transfigurándola en ficción, se proponía narrar la reacción de la sociedad francesa ante la guerra.

Pero su detención el 13 de julio de 1942 por policías franceses que la entregaron a los nazis y su asesinato en un campo de concentración de Auschwitz el 17 de agosto de ese año, le impidieron poner punto final a la monumental obra.

Tres meses después, su esposo, el ingeniero Michel Epstein, también fue ejecutado en Auschwitz. En la orfandad, sus pequeñas hijas sufrieron en carne propia el acoso de los gendarmes franceses, ansiosos de ponerlas en manos de los nazis. Ayudadas por su nana, huyendo de un lugar a otro, lo único que Denise y Élisabeth, de 13 y 5 años de edad, llevaban consigo era una maleta con pertenencias familiares que les había dejado su madre.

En esa maleta, entre fotos y documentos, escrito con letra pequeñísima para economizar tinta y papel, se hallaba el borrador de las dos primeras novelas de Suite francesa, además de notas con los detalles del proyecto y las impresiones de Irène sobre la guerra. Impedidas por el dolor y creyendo que se trataba únicamente de un diario personal, Denise y Élisabeth no abrieron ese cuaderno hasta principios de este siglo, casi seis décadas después de que su madre escribiera sobre una guerra que simultáneamente iba padeciendo y que acabó por sobrevivirle.

Leído literalmente con una lupa, capturado en computadora, revisado y corregido, el manuscrito con las dos novelas se publicó en un solo tomo en 2004 y pronto se convirtió en un fenómeno editorial sin precedentes: ganó numerosos y prestiosos premios –el francés Renaudot, otorgado por primera vez a una obra póstuma, y el concedido por el Gremio de Libreros de Madrid, entre ellos–, se tradujo a treinta idiomas y vendió más de un millón de ejemplares en todo el mundo.

Tempestad en junio

Ubicada en 1940, la primera parte –o primera novela– de Suite francesa narra el éxodo de un grupo de parisinos que, ante el inminente avance de los nazis, busca refugio en el interior de Francia. Niños, ancianos, mujeres y hombres huyen en coche, bici o a pie por carreteras atestadas donde escasean los alimentos y la gasolina, amenazadas por cañones y aviones enemigos.

En cada uno de los 31 capítulos de Tempestad en junio vemos a un personaje o conjunto de personajes con el que nos reencontramos en capítulos posteriores y que se van relacionando entre sí. Así, conocemos a los Péricand, una familia adinerada cuyos miembros se dispersan durante la huida; al escritor Gabriel Corte, quien se ve obligado a abandonar su torre de marfil para plantarle cara a la realidad de la guerra; al matrimonio de los Michaud, empleados de un banco cuyo único hijo, Jean-Marie, combatiente en la guerra, se encuentra desaparecido, o al solitario Charles Langelet, quien no duda en partir al exilio con sus preciadas figuras de porcelana.

La primera parte de Suite francesa deja ver el completo estado de indefensión de la población civil frente a la guerra. Lo interesante, sin embargo, es la mirada sin concesiones de Irène, que se detiene en la vileza de los vencidos, la escudriña, para entregarnos un fresco implacable, exento de sentimentalismos, en el que la avaricia, la vanidad y el egoísmo muchas veces se anteponen a la necesidad de salvar la vida o se expresan en nombre de ella.

Dolce

En la segunda parte de Suite francesa, si bien nos reencontramos con algunos de nuestros viejos conocidos de Tempestad en junio, la narración se focaliza en dos nuevos personajes: las Angellier, quienes viven en el pueblo de Bussy, ya tomado por los alemanes en la primavera de 1941. Como parte de las disposiciones del régimen invasor, Lucille y su suegra, cuyo esposo e hijo, respectivamente, se encuentra prisionero por los nazis, se ven obligadas a hospedar en su casa a un oficial alemán de nombre Bruno.

La tensión narrativa se desata cuando la bella Lucile empieza a ser cortejada por Bruno. Dividida entre la obligación moral de rechazar al enemigo y el deseo que siente por él, la joven va cediendo poco a poco, aun a ojos de su suegra, una vieja estricta y amargada que censura el mínimo gesto dirigido al alemán.

Nèmirovsky aborda en Dolce el tema del amor imposible. Pero su pluma, nunca exenta de crítica, examina además la compleja relación entre vencedores y vencidos: las atrocidades cometidas por unos, junto con sus vanos intentos por ganarse la confianza de la población, así como la necesidad de conservar la dignidad de los otros, aunque también su colaboracionismo (de algunos) con el invasor.

La extraordinaria historia del descubrimiento de Suite francesa ha permitido redescubrir y revalorar a una autora cuya destacada carrera literaria fue fatalmente interrumpida por la Segunda Guerra Mundial. Irène fue asesinada cuando tenía 39 años, pero de manera casi milagrosa su magnífica obra ha sobrevivido al horror nazi.

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